Música y contracultura en SoCal - Crónicas desde San Diego

 
As a trasplanter Easterner, I felt the duty-bound not to take anything in California very seriously… I simply allowed myself to record the usual impressions: millions of Americans breaking away from reality, looking for a dream; everything in excess”- Jacob Needleman


Así comenzaba el sociólogo americano Jacob Needleman su análisis sobre California. Un estado variopinto donde los haya. Un lugar que muchas veces parece una estación de paso o escape donde gente de todas partes confluye. Jóvenes de la costa este intentando lanzar su carrera musical como cantante de pop, punk, hip-hop o incluso “batera” de versiones, chicas monas de Ohio buscando abrirse un hueco en la gran L.A. o místicos con crisis existenciales en alas de hallar la respuesta al porqué de nuestra existencia.


Needleman orientó su estudio al éxito que las sectas, cultos y comunidades espirituales han conseguido alcanzar en California. Pero sin entrar en adoradores de ovnis, fanáticos del Yoga, grupos Subud que meditan durante días frente a televisiones sin sonido, budistas tibetanos, Hare Krishnas o centros Zen, que los hay a doquier en el estado donde Swarcheneger llegó a ser presidente, llama la atención la gran diversidad de comunidades musicales que California alberga en la actualidad. Especialmente, y solo centrándonos en la zona sur (conocida con la abreviatura SoCal), es asombroso el movimiento contracultural que ha nacido alrededor de algunas de ellas.

A finales del mes de marzo me llegó la información, al parecer, “exclusiva”, sobre un festival de música electrónica que iba a celebrarse en un lugar “secreto” del desierto de Mohave, al este de Los Ángeles. Setenta y dos horas de música deep house y techno “sin restricciones”. En un principio pensé en las míticas raves españolas en secarrales perdidos donde los maleteros de los coches retumban a kilómetros. Sin embargo, teniendo en cuenta que en Estados Unidos, por ley, los bares cierran a las dos y ni siquiera puedes tener una lata de cerveza abierta en el coche, alguna diferencia tenía que existir. 

Al lado oeste del Atlántico, conseguir organizar un festival donde las autoridades no existen durante tres días requiere algo más de esfuerzo y ganas de ir en contra de lo establecido. Así que decidí “hacer un donativo de 65 $” a un tal Kristoff a través de Paypal e imprimir un recibo que se supone sería “el ticket de entrada para el festival Desert Hearts”. Tres días antes del evento, los organizadores dieron las direcciones para llegar al lugar. “Va a ser como un Burning Man en pequeño”, explicaron.

Hasta entonces lo único que sabía de Burning Man era que miles de “yankees” disfrazados de una especie de mezcla entre hippies sacados de Woodstock y personajes de la película “Waterworld” se juntaban en el desierto de Nevada durante una semana para ver a los mejores Djs de música electrónica del país.

Cuando finalmente llegué al festival Desert Hearts fui descubriendo que existe toda una comunidad de gente que considera este tipo de reuniones en torno a la música house y techno su “religión”. Todos se definen a sí mismos como “Burners”. Burning Man es una peregrinación anual como la Romería del Carmen para algunos católicos. Y los festivales esporádicos de fin de semana, la asistencia a la iglesia de los domingos. 


Entre algunas de sus características todos los “Burners” se sienten avergonzados de pertenecer a un país como Estados Unidos (siempre claman el “no somos parte de esta sociedad”), intentan ser autosuficientes especialmente durante estos eventos, defienden la idea de cooperación en pequeñas comunidades y apoyan la sostenibilidad (“leave no trace” es uno de sus principales lemas durante sus festivales). “Esta es la respuesta a todos los problemas”, explicaba un chico mientras bailaba dando vueltas con su hula-hop al ritmo de un Dj llamado Mikey Lion. 

Deambulando por el festival encontré unas cuantas familias cocinando kilos y kilos de comida que luego compartirían con todo el que pasase por ahí, si bien no me pareció muy inocua la idea de tener a sus hijos de entre cinco y diez años expuestos al nivel de decibelios al que estaba la música y a las temperaturas extremas del desierto. “Hay cosas peores en este mundo”, justificaban. Cerca del escenario, entre los asistentes, habían construido un bar, una gran carpa donde poder sentarse a fumar y diferentes estructuras y estrambóticas obras de arte por con las que poder “interactuar”. “Este es el verdadero espíritu de comunidad. Creo que he encontrado la verdad”, decía un inglés después de haber ingerido un par dosis de setas y LSD y que, al igual que yo, había llegado a Desert Hearts sin saber muy bien qué esperar. 

Pero no todo fueron Burners devotos intentando levantar una mini-ciudad sostenible y autosuficiente. Al fin y al cabo el cartel de Desert Hearts contaba con los djs más importantes de “SoCal” y por lo tanto alojó a unos doscientos aficionados de la música electrónica de esta zona del estado. Una tribu urbana en busca de un fin de semana de diversión, total libertad y muchas horas de trance. 

But sooner or later we are going to have to understand California- and not simply from the motive of predicting the future for the rest of the country. We are going to have to stop thinking about it simply as a phenomenon of people leaving reality behind. Something is struggling to be born here amid all the obvious absurdity and grotesquery”- Jacob Needleman (1971).




Garbiñe Jaurrieta

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